Al despegar la campaña

 La gran incógnita,ahora, secentra enel segundo lugar

periodista

Eduardo Ulibarri

Ya estamos en campaña. El miércoles arrancó de manera oficial, cuando Luis Antonio Sobrado, lúcido presidente del Tribunal Supremo de Elecciones, proclamó el decreto de convocatoria: renovación de un ejercicio clave para la democracia; un rito pleno de sustancia republicana.

Los ciudadanos seremos los decisores y protagonistas finales. De nuestros votos, el primer domingo de febrero, dependerá quiénes resulten electos. Sin embargo, en los cuatro meses que faltan, son los candidatos (género femenino incluido) y partidos los grandes actores de la trama cívica.

Renovadas reglas. El proceso comienza con una nueva y promisoria certeza: un Código Electoral reformado a tiempo para que la mayoría de sus disposiciones rijan desde ya.

El principal eje de cambio –que lo era de preocupación– es el financiamiento de los partidos.

Del lado privado, solo serán aceptables contribuciones de gente con nombre, apellido y cédula, no de empresas, y deberán depositarse en una cuenta única de donaciones: un avance en transparencia, que se potencia con la publicación obligatoria, y periódica, de las listas de donantes y estados financieros de los partidos.

Del lado estatal, los cambios son mayores:

Parte de la contribución pública será adelantada (por liquidar tras los comicios), lo cual dará a los partidos mayor oxígeno durante la campaña. Y ya no habrá impedimento para que los dineros estatales sean utilizados, a opción de cada grupo, para gastos que antes estaban excluidos. Ejemplo: los signos externos.

Habrá financiamiento permanente para capacitación, subsidio para las elecciones municipales y mayor agilidad para la liquidación y recuperación de gastos.

Además, se aclaran y endurecen las sanciones, y algunas violaciones podrán ser castigadas vía administrativa.

Otros cambios, inmediatos o futuros, agilizarán y mejorarán el proceso. Ya no será necesario contar por segunda vez todos los votos para la declaratoria oficial de resultados. Bastarán los reportes de las juntas, ahora reforzadas por los auxiliares electorales. Pero la opción del recuento sigue abierta, ante apelaciones con adecuado sustento.

En el 2014 habrá paridad total de género en los cargos de elección popular. Y a partir del 2016 –¡al fin!– todos los cargos municipales se elegirán a mitad de período.

En síntesis, entramos a la campaña con reglas más inteligentes, justas y modernas, y con un andamiaje de verificación y sanción más robusto. Es decir, un gran avance.

Solidez en el arranque. Al comenzar la “carrera” de candidatos, una lleva clara ventaja sobre los demás. Los datos de las encuestas más recientes (Borge & Asociados y Unimer), dan a Laura Chinchilla una diferencia de cuatro a uno en intenciones de votos sobre cualquiera de ellos. Y otros vientos la impulsan:

Su partido (Liberación Nacional) cuenta con las simpatías de un tercio del electorado, y demostró la fuerza de su organización en la multitudinaria convención del 26 de abril.

El Gobierno del que ella surgió mantiene buena imagen. La candidata iguala al presidente Óscar Arias como el político nacional con mayores opiniones positivas. Las mujeres –históricamente más activas como votantes– la prefieren más que el promedio, lo mismo que los jóvenes, en un padrón que superará en 200.000 los nuevos votantes.

Conclusión: su triunfo luce hoy casi inevitable. Pero existen variables incontrolables que podrían afectarla; entre ellas, el impacto de la crisis económica sobre su imagen, la forma en que evolucione el Gobierno, las ambiciones prematuras de quienes la rodean y, por supuesto, lo que hagan sus adversarios, en especial Ottón Solís y Otto Guevara.

En junio, tras las convenciones del PAC y Liberación, muchos indicios sugerían que estábamos ante “una competencia entre Chinchilla y Solís, con la candidata como gran favorita”. Así escribí en estas páginas el 14 de ese mes. Hoy, sin embargo, el segundo lugar no es tan claro. Allí está hoy la mayor pugna.

El gran pulso. En los sondeos de opinión, el libertario Guevara se ha acercado peligrosamente a Solís. En setiembre, Borge&Asociados le daba un 9 por ciento de intenciones de voto, contra un 8,3 por ciento para Solís; Unimer, 11 por ciento frente a 13 por ciento. Es decir, empates. Entre ambos, Guevara es el que más podría beneficiarse de la condena contra Rafael Ángel Calderón, el abandono de su candidatura y la implosión del PUSC: aunque la ideología y actitudes libertarias son distintas, se le acercan más que las del PAC. Además, Guevara fue militante de ese partido y ha trabajado insistentemente en cultivar la imagen de antiliberacionista afín a los socialcristianos huérfanos.

Sus propuestas, polémicas y discutibles, portan un claro mensaje de cambio: “mano dura” contra la delincuencia, dolarización, tasa única (y baja) de impuesto sobre la renta, y desgravación arancelaria total, entre otras.

Los libertarios, además, se han esforzado por ampliar su base, incluir mujeres en sus estructuras y acercarse a la sensibilidad solidaria del electorado.

Solís y el PAC, en cambio, siguen anclados en el discurso de la ética (importante, pero insuficiente) y en una visión socialdemócrata conservadora, sin claras propuestas de futuro. Un riesgo relevante es la posible erosión en dos puntas del espectro electoral:

En la antisistema , por la competencia del Frente Amplio, con Eugenio Trejos, y la Alianza Patriótica, con Rolando Araya, ambos periféricos, pero molestos. En la de quienes quieren cambios profundos, pero sin renunciar a la estabilidad y gobernabilidad, por molestia con la errática y generalmente intransigente actitud del PAC.

Con una Laura Chinchilla más abierta a la clase media y un Otto Guevara menos dogmático, para Solís la situación luce mucho más complicada que en las dos anteriores elecciones.

Destrucción ¿creativa? En su libro Socialismo, capitalismo y democracia, publicado en 1942, el economista y filósofo austriaco Joseph Schumpeter acuñó el término “destrucción creativa”. La definió como la cualidad distintiva del capitalismo, un sistema orgánico que, sin descanso, “revoluciona la estructura económica desde adentro (…) incesantemente destruyendo la vieja e incesantemente creando una nueva”.

En política ocurre algo parecido. De aquí que ningún partido pueda reclamar un carácter vitalicio, sobre todo si la destrucción se gesta en su seno. Esto es lo que ha ocurrido con el PUSC. Rafael Ángel Calderón Fournier, el líder capaz de aglutinar dirigentes ilustrados para darle vida en 1984, ha sido quien, con la complicidad de los obtusos, precipitó su muerte en el 2009.

El proceso comenzó desde mucho antes. Los sectores tecnócratas y aperturistas que lideró Miguel Ángel Rodríguez no pudieron tomar vuelo en su (parcialmente) fallido Gobierno, menos después. Abel Pacheco fue un total fracaso en el suyo. Y entonces vinieron los escándalos de corrupción.

Con todos debilitados, Calderón era el más fuerte. Y siempre había sido el más hábil. Afincado en esas herramientas, y en la red de fidelidades y favores tejida por décadas, vetó la depuración del partido, única tabla de salvación a largo plazo, y lo convirtió en una franquicia personal, vaciada de contenido. Así se selló la trágica suerte del PUSC.

Lo demás fueron episodios de esa trama. El 1.º de julio del 2008, impuso a Luis Fishman en la presidencia del partido, a contrapelo de los dirigentes de mayor trayectoria y estatura, que renunciaron o fueron marginados. El 11 de octubre, la Asamblea Nacional eliminó los artículos de los Estatutos que impedían la militancia de personas contra quienes se hubiera decretado prisión preventiva, elevación a juicio por cualquier delito doloso, o sentencia aún no firme.

Calderón fue aclamado candidato el 26 de junio de este año, y de inmediato designó su papeleta de diputados. Criterio indispensable: lealtad a toda prueba, aunque en algún caso sea calculada.

Ya para entonces, el partido socialcristiano, en los hechos, había dejado de existir. La condena del pasado lunes, con todas sus implicaciones, solo ha sido el gran nudo dramático del desplome. El des-enlace lo conoceremos en 7 de febrero.

¿Podrá surgir de estos rescoldos otra opción socialcristiana? Base social y política, aunque disminuida, parece existir; zancadillas del calderonismo duro, habrá en abundancia; vigor y persistencia de los renovadores e ilustrados, quién sabe. La respuesta, por ello, es insegura. En política la autodestrucción puede generar sus propios relevos, pero también conducir al vacío total.

Imágenes legislativas. Cualquiera sea el número de diputados elegidos bajo la divisa del PUSC, su eje de trabajo será reivindicar y proteger a quien los designó. ¿Qué se puede decir de los demás?

Si excluimos a los cuatro “nacionales” y algunos otros con experiencia y solidez, el elenco del PLN no puede definirse como una apuesta deliberada a la excelencia. Más bien, parece el resultado de un complejo ejercicio de equilibrios: entre Chinchilla, los Arias y Johnny Araya, por un lado, y entre los cacicazgos y grupos locales, por otro.

Su desempeño, en un eventual gobierno de Chinchilla, dependerá de su capacidad para alinear las fuerzas y dar a la gente y mejor liderazgo en la Asamblea.

Los candidatos del PAC, aunque pasaran el examen de admisión, constituyen una suma heterogénea, sin trayectoria política. Están más cercanos a sus identidades personales –sean educadores, ambientalistas o gremialistas– que a una línea programática clara. Su único punto de unión, quizá más que ahora, será Ottón Solís.

De nuevo, el partido desperdició una oportunidad para generar coherencia y desarrollar cuadros estables.

El Movimiento Libertario es más programático; también, más dogmático. Esto, y su cercanía a Otto Guevara, cohesionará a su fracción. La gran pregunta es qué harán con ella, una vez en la Asamblea.

Alianza Patriótica derivó en un trampolín para aspiraciones personales de figuras desplazadas de otros partidos. Las unen sus críticas –o rechazo– al sistema, pero nada más.

El Frente Amplio también tiene a su haber el sentido programático. Pero como su esencia es marxista, el resultado es la marginalidad. Solo puede aspirar a que la inercia dejada por José Merino le permita capturar un puesto por San José, y a que un cura gane otro en Limón, por subcociente.

Accesibilidad sin Exclusión (PASE) se mantiene centrado en su “franquicia”; Renovación Costarricense, en su base evangélica; Innovación y Unidad (PIN), en las fantasías de su fundador.

Todo augura que se repetirá la dispersión legislativa de hoy, aunque con cuotas diferentes. Si, como parece, Laura Chinchilla triunfa, el gran premio adicional sería la mayoría legislativa. A estas alturas, es prematuro suponerla.

Por esto, y por deber nacional, sería bueno que, desde ya, todos los partidos comenzaran a pensar en sus áreas de convergencia y a ejercitarse en los acuerdos. En cualquier caso, serán indispensables para mejorar la gobernabilidad del país y, por ello, la vida de los costarricenses.

Ese esfuerzo es necesario.

http://www.nacion.com/ln_ee/2009/octubre/11/opinion2119296.html

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