Nueva década, ¿nueva política?

Página Quince — Eduardo Ulibarri

 Avanzamos hacia mayor normalidad,pero la fluidezelectoral impera

periodista

Hace diez días despedimos la primera década del milenio y dentro de 28 elegiremos a nuestros gobernantes para los próximos cuatro años.

Entre el 2000 y el 2010 cuajaron una serie de cambios sociopolíticos que, gestados desde antes, alteraron el escenario nacional.

En la segunda mitad del gobierno de Abel Pacheco de la Espriella, su desenlace derivó en crisis y riesgos para la estabilidad democrática.

Los símbolos más visibles del deterioro fueron la “democracia de la calle”, el virtual poder de veto de sindicatos politizados, y las polarizaciones alrededor de los comicios del 2006 y el referendo sobre el TLC.

El presidente Óscar Arias logró remontar esa corriente, reforzar el vigor de las instituciones representativas, devolver a “lo político” un papel más determinante en las decisiones públicas y construir una nueva –y razonable– normalidad en medio del cambio.

Es en estas circunstancias que iremos a las urnas el 7 de febrero. Sin embargo, la mayor normalidad aún no ha conducido a un claro reposicionamiento de las identidades y fuerzas políticas. La fluidez electoral impera y dificulta los augurios.

Sabemos que Liberación Nacional es el único partido plenamente consolidado, con alrededor de un tercio del electorado, y parece que Laura Chinchilla tendrá una holgada (aunque no arrolladora) victoria.

Más allá de esto, reina la incertidumbre: sobre la magnitud y orden del segundo lugar en la votación presidencial, sobre la suerte de la izquierda, la composición de la Asamblea Legislativa, la voluntad negociadora de los partidos y la suerte de algunos de ellos.

Por esto es muy difícil que, tras el primer domingo de febrero, consolidemos un sistema de partidos realmente estable. Todo indica que el flujo se mantendrá como una variable política clave, y que será necesario adaptar la gobernabilidad democrática a esa condición.

Cambios múltiples. Una de las trasformaciones esenciales de la pasada década fue el colapso formal del bipartidismo en las elecciones del 2002, con la vigorosa irrupción del Partido Acción Ciudadana (PAC).

En ese cambio incidieron erradas lecturas del entorno, fallas de liderazgo y apego a viciadas prácticas. Pero hubo factores más determinantes: la erosión de las identidades heredadas de la Revolución de 1948 y el crecimiento de un electorado más independiente, flexible e impredecible.

La participación electoral bajó. El abstencionismo pasó de alrededor de 20% hasta 1994 a un 30% en 1998. Y no ha mejorado desde entonces.

Miguel Ángel Rodríguez, sin mayoría legislativa, optó por una concertación entre sectores, no partidos. Su único éxito fue aprobar las pensiones complementarias; su gran error, debilitar a la Asamblea Legislativa y legitimar, como actores políticos, a grupos y gremios sin representación ciudadana.

Luego vino el “combo ICE”, en marzo y abril del 2000, que paralizó el resto de su gobierno. El de Pacheco fue un festín de ineptitud, desorientación y falta de liderazgo. Entre tanto, el PLN vivía serios desgarramientos.

Los escándalos de corrupción, que condujeron al autoexilio de José María Figueres, y los procesamientos de Rodríguez y Rafael Ángel Calderón, produjeron un efecto demoledor sobre la confianza de los ciudadanos en la política; más aún, sobre la Unidad Socialcristiana (PUSC).

Falaz “polarización”. En tal ambiente, las elecciones de 2006 reflejaron una división casi pareja del electorado, con apenas 18.169 votos de diferencia entre Arias y Ottón Solís.

En el referendo del 2007, de nuevo las cifras anduvieron cerca: 51,6% para el sí y 48,4% para el no.

Muchos concluyeron que el país se había fracturado, de manera insalvable, en dos mitades: una a favor y otra en contra del sistema.

La realidad era otra, porque ambas polarizaciones fueron puntuales, no profundas; coyunturales, no estructurales:

El éxito de Solís en el 2006 tenía muchos elementos de volatilidad; especialmente, su capacidad para ser visto como “la” alternativa frente a Arias. El “no”, ciertamente, captó un amplio grupo de ciudadanos disconformes con la marcha del sistema, pero también otros con temores puntuales, reclamos precisos o incomprensiones sobre los ejes de discusión.

Sin embargo, hubo grandes diferencias entre quienes dijeron sí a Solís y no al TLC. Por ejemplo, Arias ganó abrumadoramente Guanacaste y Puntarenas, donde luego se impuso el no. Solís tuvo sus mayores bastiones en San José y Heredia, que optaron sólidamente por el sí.

Los grupos de izquierda –o desplazados del PLN– que apostaron a una quebradura insalvable del país como catapulta electoral, cosechan ahora los frutos de su error y de su falta de propuestas.

El retroceso del PAC y Solís, así como el ascenso del Movimiento Libertario y Otto Guevara, reiteran que la principal característica del electorado no es la polarización, sino la fluidez.

También reflejan cambios en identidades tanto políticas como económicas, sociales, regionales y generacionales, que están reconstruyendo las bases de los partidos.

Campaña y votos. Hasta ahora, Guevara ha sido el candidato con más éxito en su campaña. Se ha posicionado como “el segundo” en la imaginación de la gente y los datos de las encuestas, y ha despertado la expectativa respecto de una posible segunda vuelta.

De aquí al triunfo, sin embargo, hay buena distancia.

La organización de los libertarios es pobre; sus propuestas, poco conocidas; sus antecedentes –al igual que su publicidad– de “contra”, no “pro”; su equipo, escaso, y su nervio y sensibilidad, distantes de los que, al menos hasta ahora, han atraído a una mayoría de los ciudadanos.

Solís y el PAC se acercan más a ciertos rasgos ancestrales del costarricense, como la solidaridad, la sobriedad y la exigencia de rectitud. En los últimos días han retomado bríos; no obstante, carecen de una clara visión de futuro, se han desgastado severamente y casi han malogrado la oportunidad de consolidarse como el segundo gran partido nacional.

A menos que se produjera un súbito sismo político, las posibilidades de triunfo para Guevara o Solís, el 7 de febrero, son casi nulas. Y la apuesta a otra vuelta, con dos “segundos” luchando por superarse entre sí mediante virulentos ataques a la primera, encierra una trampa para ambos: que Chinchilla ocupe por completo el terreno de las propuestas y sea la única que luzca como verdaderamente presidenciable.

Si el PLN logra plasmar en las semanas que quedan un mensaje convincente de cambio dentro de la continuidad; generar confianza en el electorado alrededor de lo conocido; estimular la espontaneidad mediática de la candidata, y concretar el concepto de equilibrio y moderación frente a riesgo o parálisis, su victoria estará aún más cerca.

Lo esencial, gobernar. En medio de las dudas, hay una virtual certeza: cualquiera sea el elegido, no la tendrá fácil.

Si bien el país dista mucho de la situación crítica de hace cuatro años, persiste una acumulación de enormes desafíos. Afrontarlos requerirá visión, pero, sobre todo, capacidad de decisión y ejecución.

Si observamos varios índices nacionales e internacionales –de desarrollo humano, apego a la democracia, competitividad, alegría, libertad, respeto ambiental, educación y salud– , la conclusión honesta es que hemos avanzado. También lo hemos hecho en estabilidad económica, diversificación exportadora, crecimiento y productividad.

Pero esos y muchos otros logros coexisten con serios problemas de infraestructura, inequidad, pobreza, rigideces administrativas, excesiva tramitología, controles absurdos, inseguridad y dispersión de poder político.

La solución no pasa por espejismos totalizadores, como otra Constitución. Lo imperativo es mejorar la gobernabilidad, lo cual, necesariamente, implica acuerdos políticos de amplio espectro.

Esta debe ser la tarea primaria del próximo Gobierno; también, de la oposición.

http://www.nacion.com/ln_ee/2010/enero/10/opinion2220051.html

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